Los fuertes vientos que desarmaron a “House of cards”


Un castillo de naipes parece ser Hollywood en estos momentos y es que las consecuencias del pasado de varias estrellas no sólo está derrumbando el prestigio de estos famosos, sino también sus proyectos en curso.

En los tiempos que corren, la condena social tiene mayor velocidad que la justicia institucional. Y buena parte de la población no tolera (y hasta aborrece) cualquier naturalización que tiempo atrás constituían los abusos físicos, psíquicos y/o de poder. Hoy, en tiempos de igualdad de derechos entre géneros y etnias, se vuelve intolerante y con justa razón, que esta clase de delitos puedan pasar impunes y desapercibidos.

La condena social viaja con una rapidez descomunal y globalizada, gracias a las redes sociales que permiten desenmascarar a quienes parecían “intocables”, sean políticos, artistas, deportistas, o famosos en general.

En el mundo del espectáculo, dentro de la industria estadounidense, no hace mucho tiempo atrás circulaba el “mito” de que para ser famoso había que ceder a propuestas indecentes y sexuales de los poderosos de turno. Y eso, que parecía ser un cuento lejano, se está revelando como una realidad. Hoy, son muchas las víctimas que denuncian haber sido abusadas o acosadas de manera física o verbal.

Así es como después del escándalo del productor neoyorkino Harvey Weinstein, acusado de abusar durante casi 30 años a mujeres del espectáculo y tras el boicot que significó el llamado a no asistir a las funciones del film de terror Jeepers Creepers 3, del director Víctor Salva, condenado en el año 1988 por abusar sexualmente de un actor menor de edad, un nuevo capítulo parece anunciarse.

Spacey y Underwood en caída libre

Otro caso es el que se dio a conocer con la reciente denuncia del actor de Star Trek: Discovery, Anthony Rapp, quien declaró haber sufrido manoseos y hostigamiento por parte de Kevin Spacey cuando éste tenía 26 años y Rapp, tan solo 14.

El ganador del Oscar se hizo cargo de la pasada acción, si bien “no recordaba” el episodio, alegando haber estado bajo los efectos del alcohol en aquel entonces. Inmediatamente, Netflix, portadora de la exitosa House of Cards que tiene a Spacey como productor y protagonista principal, canceló en pleno rodaje lo que significaba la sexta y última temporada de la primera serie lanzada en esa plataforma.

Esta remake — que supo desarrollar la historia política de la Casa Blanca de los “maquiavélicos” Underwood — a diferencia de la pequeña propuesta inglesa, se encontraba abatida desde hacía dos años. Por una parte, House of Cards se vio afectada desde que su creador, Beau Willimon, abandonara el proyecto y más recientemente, por haber tenido que afrontar la relación de la productora con Weinstein. Lo de Spacey sería un nuevo ladrillo más para la colección. Algo que el sitio no puede permitirse, según sus declaraciones oficiales.

Pero, más allá de este reprochable evento del pasado del actor de Belleza americana, House of Cards ya tenía en su horizonte un final previsto para la temporada número 6. Y ese es el eje de la otra parte de la cuestión: la historia de la poderosa pareja dirigente de los Estados Unidos ya estaba ahogándose en su propia monotonía temática. House of Cards supo brillar en sus primeras temporadas con ese aire misterioso y siniestro que encerraba a la magistral actuación de la dupla Wright/Spacey, que lo hacía todo atractivo y gustosamente maléfico.

Sí, nos corrompían y disfrutábamos de su plan malvado porque éramos confidentes del matrimonio. Éramos el tercero incluido (y no tácito), porque Frank rompía la frialdad de la cámara para hablarnos directamente a nosotros al compartir sus fechorías. Pero, poco a poco, comenzaron las crisis que se evidenciaron en la cuarta temporada, entre los avatares electorales y los agentes amenazantes externos que buscaban hacer tambalear la dinastía Underwood. Personajes que supieron entretener durante las dos primeras entregas. Sin embargo, el público (en general), ya estaba comenzando a molestarse con el séquito que rota con frecuencia en torno a la pareja principal. Un desacierto, más allá de que se quiera demostrar que la realidad política es dinámica y cambiante.

Ni que hablar de los ya pocos guiños que Frank realiza a la cámara para romper el cuadro. Algo que hacía mucho en las otras temporadas y le daba cierta originalidad en relación a las series del momento. Ahora, estos son acotados y poco efectivos.

Lentamente, comenzamos a soltarle la mano a “Frank todopoderoso”, que ya lo tiene todo pero aún es insaciable y tenaz, aunque con menos fuerza que al principio. El personaje flaquea y Spacey, con su increíble actuación, nos hace dudar si ya está cansado él de su Underwood o si este político no puede sostener por más tiempo su imperio.

Finalmente, en estos días, parte del público podría suponer que de la prestigiosa carrera de Spacey, House of Cards sea precisamente su obra más autorreferencial. Y que esto se deba a puntos similares entre su personaje y el verdadero Kevin: desde los secretos personales guardados; el éxito de la carrera de ambos y hasta su abuso caprichoso y altanero del poder, en diferentes contextos.

Y aunque la realidad no es la ficción, vale afirmar que para llegar a la verdad aún faltan varios capítulos. Por el momento, el viento ha pasado por este castillo de naipes, que débilmente continúa en pie hasta nuevo aviso.

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Rosana López
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