“Es navidad, pero estoy triste”


¿Tenemos que estar contentos en Navidad? No necesariamente.

Faltaban veinte días para esa reunión. De solo pensarlo se le empapaban las manos y el corazón le latía tan rápido que sentía que podía escaparse de su pecho. Conocía de memoria lo que se acercaba: la típica cena, la típica charla y su típica alergia a la Navidad ¿Qué opción había? El solo quería irse a dormir y despertar muy tarde el 25 de diciembre, con su vida ordenada, bajo control y en paz.

Parece ficción, pero no. Es mi descripción de lo que le pasaba a Pablo. Mi amigo usó otras palabras y además estaba bastante alterado, por eso reproduje la conversación con las mías. Lo importante es que se abrió a contármelo. Eso nos sirvió a los dos. A él, para aflojar con el drama y a mí, para averiguar qué era toda esta historia que se había armado en la cabeza con tanta anticipación.

Como amante de la Navidad, no podía ponerme en sus zapatos (ni real, ni figuradamente). Por eso, busqué información y descubrí que no era el único que se sentía así. Pero ¿Por qué?

Para empezar, encontré que no hay un solo motivo. Sin necesidad de mostrar esto en un gráfico de torta, la observación detenida (la mía) revela que el mundo se divide entre: los entusiastas de la  época navideña; los detractores que rechazan su costado comercial; los que creen que es un día más, se comen un sándwich y se van a dormir temprano; los que dejan la casa decorada con las luces y el reno todo el año [pero no se incluyen en este análisis]; y los que la resisten por dentro, pero la celebran a regañadientes, como en el caso de Pablo…Te debo los porcentajes, pero creo que ya se entiende el punto: en cuanto a lo que se siente en Navidad, no hay consenso.

La Navidad es una oportunidad especial para estar con los seres queridos y eso genera felicidad y expectativa en muchas personas. Aunque no en todas. Esta época del año, también puede desatar tristeza y ansiedad en otras. Sobre todo, cuando:

  • Comparan su estado de ánimo o su situación con la (aparente) felicidad de los demás algo que se potencia con el uso de las redes sociales.
  • No tienen ganas de reunirse con familiares solo para cumplir con una formalidad.
  • Extrañan a un ser querido que ya no está.
  • Están pasando por una separación sentimental.
  • Las preocupa no poder afrontar —o endeudarse por— los gastos derivados de regalos, adornos navideños, comida, bebida, entre otros.
  • Se sienten solas.

¿Por qué surgen estas emociones “justo” en las fiestas?

Porque son un quiebre de lo habitual. El enfoque en las actividades diarias (como el trabajo o el estudio) cambia al de una celebración compartida que “se siente en el aire” por la decoración de casas y comercios; los temas de conversación; las películas de Navidad; y los noticieros que informan sobre los precios de juguetes, ropa, alimentos, etc. La Navidad está en todas partes y lo demás pasa a segundo plano. Es por eso que los días previos nos llevan a una mayor autorreflexión o balance. Es la inevitable mirada hacia el interior —tan postergada el resto del año— la que (muchas veces) duele.

Cambiar el guión

Hasta ahí, algunas cosas me iban quedando en claro, pero todavía me faltaba entender cómo es posible ponerle una carga tan pesada a esta fecha. Y la comunicación me dio la respuesta.

Los humanos, al contrario de las demás especies animales,  somos seres lingüísticos. Damos sentido a todo lo que nos rodea y nos pasa. Así, podemos procesar nuestra experiencia para tomar mejores decisiones que aseguren, en principio, nuestra supervivencia. Pero no todo es ganancia: esta misma capacidad de “pensar el mundo” que nos resulta tan útil, también nos puede jugar en contra.

En otras palabras, hay situaciones que empeoran con el relato que le agregamos.

No tener comida para compartir en la mesa; que ya no esté con nosotros un ser querido; o tener el corazón roto, son situaciones que nadie desea, pero que la mayoría hemos pasado o vamos a pasar.

Y aunque parezca obvio, no está de más resaltar que nada mejora cuando le agregamos la presión de cómo deberíamos sentirnos, de por qué nos pasa lo que nos pasa, y de qué cosas deberíamos tener para vivir una Navidad “perfecta”. Esas expectativas escapan a la realidad y son el verdadero motivo por el que sufrimos. Por eso se dice que el dolor es inevitable (en palabras de Maturana) pero el sufrimiento es interpretativo. La resistencia que ponemos entre lo que es y lo que nos gustaría que fuera, hace que el botón de repetición se quede trabado pasando en nuestra cabeza una y otra vez lo que nos causa malestar.

Dejar de contarnos historias de que “tenemos que estar contentos” o que “todo sería mejor si”… es la llave para liberarnos del elefante que aplasta nuestro ánimo. Las cosas son como son. La Navidad pasa rápido, es su anticipación unida a la conversación mental que preocupa, lo que genera ansiedad o decaimiento. Si no me creés, preguntale a Pablo…

Y acá una aclaración: esto es sobre la tristeza y la ansiedad. Otra historia muy diferente es la depresión. Ese no poder salir adelante que genera un bloqueo físico y mental, generalmente, necesita asistencia de un profesional. En fechas especiales como estas, que hacen emerger las emociones subterráneas, es importante contar con ese apoyo. No está de más ajustar nuestra antena para detectar si las personas que nos rodean lo necesitan.

¿Qué estamos celebrando en Navidad?

Esa es la gran pregunta y se puede responder con otra: ¿Qué pasaría si recuperáramos su sentido original de nacimiento, celebración de la vida, de pureza del corazón humano y de esperanza? ¿Por qué no festejarla ayudando a otros y compartiendo algo de lo que tenemos? Podemos dar ropa o comida a quienes más lo necesitan, llamar por teléfono a quien se siente solo, o acompañarlo desde las muchas opciones que nos da la tecnología. Todos tenemos algo para dar, no necesariamente tiene que ser material y muchas veces, tiene más valor el tiempo que dedicamos.

Redefinir qué es la Navidad para cada uno, hoy, es clave. No importa cómo fue ayer. No importa cómo es para otros. Nuestro lenguaje puede crear una realidad diferente si nos preguntamos: ¿Qué es para mí? ¿Es la peor época y quiero que pase ya mismo? ¿O es una oportunidad de dar lo mejor de mí a los demás? Todos podemos elegir en qué creer y qué tomar de esta celebración. Aun cuando estemos en una mesa con personas a las que nos unen poco más que los genes, siempre hay algo positivo para disfrutar: la música, la cena, o las siempre bienvenidas anécdotas que descomprimen el ambiente…

En ese sentido, la Navidad es una invitación perfecta para practicar mindfulness, la plena apreciación del instante presente, que nos ayuda a no comparar lo que estamos experimentando con todo pasado mejor o con un futuro ideal.

Volviendo a Pablo

Todo esto que escribo es lo mismo que hablé en mi segunda charla con Pablo, ayer. Y aunque todavía no sé cómo le irá (hoy es 23 de diciembre), me tranquiliza saber que ya está más relajado. [Pablo estoy orgullosa de vos, sabelo. Yo solo transmito lo que me contaste. Si no te hubieras animado a hablarme de tu angustia, ahora no estaría escribiendo y no podríamos conectarnos con otras personas que la están pasando mal. De algún modo, esto nos unió para poder ayudar. Y está bueno].

Por último, me toca compartir algo a mí: una corazonada. Tal vez, las fiestas no se traten solamente del éxito personal proyectado en regalos, selfies y sonrisas. Tal vez, esté bien no estar bien con eso. Y, tal vez, esa contradicción sea necesaria para encontrar nuestra propia definición de la Navidad.

Pablo no estaba bien y decidió no tapar su molestia. Solo así pudo repensar lo que le preocupaba. Por mi parte, estoy lejos de pasar unas fiestas con lujos. Diría casi que en la otra punta. Aunque, en realidad los únicos “lujos” que me interesan son los que puedo llevarme a la panza (¿se nota que soy amante de la comida y que no me gusta ocultarlo?)… Y si de algo estoy más lejos todavía es de compartir una mesa enorme llena de familiares. A veces, la vida te pasa por arriba con olas gigantes y se lleva lo importante. Pero también te limpia de lo accesorio… Sigo amando la Navidad, sin explicación. Mi Navidad no es la de las películas, ni la de los árboles gigantes, o la de los regalos caros… Todo eso está bien. Pero la mía es la que decidí amar cuando entendí de qué se trataba realmente.

Solo digo que su sentido verdadero, probablemente, sea el más evidente: que podamos conectar la pureza de ese ser que nace, con nuestra propia parte buena, inocente y hermosa, que decide ayudar y creer en este mundo más allá de sus asperezas. Alguien dijo: “Dios esconde las cosas poniéndotelas cerca” [Es por eso que no las ves].

Así que al final de todo, cuando las nubes de lo que no es esta celebración se disipen, quizás alguien más en el mundo descubra que el regalo está en su interior. Un regalo tan especial que solo se encuentra cuando se da.

Feliz Navidad.

Laura Guilotte
About the author/Acerca del autor/a

Laura Guilotte

EDITORA
En mi primer día en la facultad, escuché una advertencia: “no sueñen que van a conseguir trabajo como periodistas”. Tiempo después, mucho antes de terminar la carrera, fundé Revista Mírala en mi Miramar natal y este año, su versión digital. Nunca paré de trabajar. Me recibí de licenciada en Comunicación Social, ejercí como periodista y fui conductora de radio y TV en mi ciudad. La enseñanza más grande en estos años fue: Laura, tenés que hacer camino al andar. Y lo mismo vale para vos: hacé tu propio camino. Si te gusta leer, quedate cerca, porque escribir me encanta y contar historias es mi pasión.



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