“Me comí todo” ¿Y ahora qué?


Breve guía de supervivencia para disfrutar de la temporada festiva sin descontrol. 

Esta época del año nos pone enfrente las comidas ricas y elaboradas que no comemos todos los días. Mientras que algunas personas se privan de probarlas, otras se lanzan al disfrute del banquete como si no hubiera un mañana. Pero lo hay…y suele traernos malestar físico y en ocasiones, emocional por haber caído en la tentación. En las siguientes líneas, algunas sugerencias para salir airosos de la gran prueba gastronómica. 

Nada de culpa

La autoexigencia desmedida constante hace más daño a largo plazo que haber comido (un poco) de más una o dos veces en el año. “Lo rígido se quiebra”, dice la conocida frase. Aplicada al pensamiento, destaca la importancia de mantener la flexibilidad, para sortear con éxito las diferentes situaciones que se nos presentan y que escapan a nuestra necesidad de control. Por eso, una actitud mental positiva nos protege de entrar en una espiral que nos haga seguir arrasando con lo que quedó, al día siguiente. Si podemos situarnos en el presente y no culparnos por haber tenido un atracón, nos será más fácil recuperarnos. 

Sé realista (y flexible)

“Me como todo ahora y mañana me pongo a dieta estricta” ¿De verdad suena como un buen plan? Como fuere, hacerlo puede traernos consecuencias no deseadas, ya que la alimentación no solo se trata de sumar o restar calorías: es capaz de alterar la química de nuestro cerebro. Un dato: investigadores de la Universidad de Montreal alimentaron a ratones con una dieta alta en grasas durante seis semanas y después, los cambiaron a una dieta más saludable ¿Sabés qué les pasó? Empezaron a tener síntomas de ansiedad y depresión. Los científicos creen que se debió a cambios en la liberación de compuestos cerebrales, como la dopamina, que nos hace sentir bien. Una alimentación equilibrada es esencial para evitar estos efectos, también en los humanos.

Tomá agua

Dolor de cabeza, boca seca, ganas de nada… Los síntomas comunes del día después de un festín y sobre todo, tras haber brindado varias veces con la bebida alcohólica de preferencia. A posteriori, si algo resulta evidente es que necesitamos agua. El no tomar la cantidad suficiente  —que más allá de la popular recomendación de los 2 litros diarios; varía para cada persona, según la actividad física que desarrolle, las condiciones climáticas en las que viva,  etc. — fuerza al organismo a no trabajar como debe. Esto nos lo hace saber con: dolor de cabeza, cansancio, calambres, dolor muscular y cambios de humor. Beber cantidades moderadas agua, pero de manera constante durante el día, puede reducir estos síntomas y restablecer el equilibrio.

Hacé ejercicio suave

Si estás pensando en compensar el exceso de comida con exceso de ejercicio…Una recomendación. Mientras tu cuerpo todavía trata de recuperarse, es preferible una actividad física moderada antes que una intensa que genere más cansancio y estrés al organismo. Esto puede ser contraproducente y retrasar la recuperación.  Algunas sugerencias: caminatas, yoga, baile (no intenso) y natación. 

Descanso y relax

El cortisol se libera en el torrente sanguíneo en momentos de estrés. Esta hormona ayuda a mantener el suministro constante de azúcar en la sangre y proporciona un impulso de energía para manejar las emergencias. Cuando nos sentimos amenazados, el cerebro libera cortisol. En esa preparación para el ataque, reserva energía, lo cual detiene la digestión y ralentiza el metabolismo. Si la amenaza no es real (= cuando nos estresamos de solo pensar en lo que nos preocupa) el cuerpo almacena grasa. Así que, lo importante es buscar formas de relajación con las que nos sintamos cómodos. Podemos visualizar escenarios agradables, hacer meditaciones guiadas, escuchar música que reproduzca sonidos naturales, entre muchas otras opciones. Además, necesitamos descansar para ayudar a nuestro cuerpo a reponerse durante el sueño, tanto psíquica como físicamente. 

“¡Pero todavía falta Año Nuevo!”

Sí, todavía nos falta darle la bienvenida al 2018, pero ese no es un problema.  El problema es tener una mentalidad “todo o nada”, aprendida en muchos casos, luego de toda una vida de hacer dietas restrictivas. Esta forma de alimentación que no puede sostenerse en el tiempo o en las diferentes situaciones sociales, suele desatar el deseo descontrolado por los alimentos “prohibidos”. Hacer pequeñas comidas saludables durante el día, la correcta hidratación, el descanso, el ejercicio y la relajación no solo deberían ser un remedio post descontrol, sino hábitos de cuidado diarios. Paradójicamente, estos hábitos evitan la ansiedad cuando estamos frente al festín típico de esta época del año. La clave para no desbarrancar está en aprender a disfrutar de lo rico de manera medida como parte de la vida cotidiana y no como algo excepcional. Esto nos permite poner un límite realista, tanto con la comida (al decir: “pruebo un poquito de cada cosa” o “voy a comer solo mis platos preferidos, así me reservo para el postre”) como con la bebida (*).

El mejor propósito de año nuevo es dejar atrás los excesos y también las privaciones. En este aprendizaje, escuchar la voz interna que nos marca el límite justo (saludable y gratificante), puede ser el nuevo parámetro a seguir para disfrutar de lo rico, sin culpas.

(*) Aprender a beber con moderación es el otro gran desafío de nuestra cultura: según la OMS, el consumo de bebidas alcohólicas ocupa el tercer lugar entre los principales factores de riesgo de mala salud en el mundo.
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