Sentirse solo en medio del temporal


Ayer se desató el temporal y fue mi culpa por ponerme a estudiar. A estudiar como hace tiempo no lo hacía, con sed de saber más y con urgencia.

Bueno, no fue por eso, pero si no le pongo un poco de onda, tendría que acostarme a dormir ahora y despertarme el lunes hasta que se me pase la impotencia.

Ni te explico toda el agua que cayó porque ya lo sabés. Y también que se cortó la luz.  Así que ahí estaba, con mis planes disueltos y la luz de emergencia en la mano haciendo mis primeros hallazgos: agua en la puerta de entrada, agua en la habitación, agua en el patio… ¿Cómo entró tan rápido? ¿Y yo dónde estaba? ¿Y ahora cómo la saco? Después del shock, respiré y fui por el secador.

Empecé por afuera. La fui corriendo hacia la rejilla del otro patio. Y le di y le di…pero la lluvia caía con tanta fuerza que mi esfuerzo no alcanzaba para nada. Entré en calor. Hice bíceps, tríceps y seguro que trabajé algún grupo muscular que desconozco, porque hoy me duele todo.

En medio de mi lucha por no hundirme, uno de mis perros iba de una punta a la otra, buscando un lugar para protegerse pero no había ni un espacio seco, pobrecito. El otro, loco del agua, esperaba en la otra punta a que llegara la que iba sacando, ladraba de felicidad y chapoteaba. Eso hacía todo peor.

No fue fácil y de no haber sido porque todo mi esfuerzo estaba concentrado en actuar, muy, muy rápido, me habría tirado a llorar en la cama, agregando más agua al agua.

Mientras todo esto pasaba (y no fueron horas, sino minutos) un familiar se ocupaba de hacer un llamado para pedir ayuda. La primera vez, le informaron que tomarían nota del reclamo, pero que “había muchos casos parecidos”.  Al pasar el tiempo, y tras no recibir ninguna asistencia, volvió a llamar y esta vez no solo le dieron la misma respuesta sino que le cortaron el teléfono. Bien.

A todo esto, la lluvia iba parando y el estado de la casa ya podía notarse menos caótico, lo cual no es mucho, pero en ese momento era todo un logro. Ante la angustia de que volviera a llover y aún sin tener ninguna asistencia, llegó el momento del tercer llamado. Esta vez, atendió otra persona, más amable (en principio, porque no cortó la comunicación) pero siguió en la misma línea del “hay muchos llamados”…“el personal no da abasto…” y “pasó tal cosa acá y tal otra allá”…

En síntesis: a la angustia, más angustia. Maltrato, destrato…llamalo como quieras. Falta de preparación, como mínimo. Cuando uno está en medio del temporal, puede ver cosas que en los días de sol no ve, o deja pasar. Como no haber insistido en que vinieran a arreglar nuestra calle, que es de tierra y al pasar la máquina,  la caída queda (por defecto) hacia las viviendas. Lógicamente, si llueve, la casa se te inunda. Uno tiene que llamar para que arreglen la calle y después para que arreglen el arreglo de la calle. Ese pedido había sido el lunes: nunca vinieron.  Ayer, viernes, tampoco vinieron y además, nos volvieron invisibles.

¿Cuál es la intención de explicarle a alguien que tiene una emergencia que hay otras personas que también están así? Es como si en un hospital se le dijera a una mujer a punto de parir, “señora aguántese, que hay otras que están primero”. Las emergencias no son situaciones comunes, son situaciones especiales que necesitan el despliegue de un protocolo. No se improvisa, ni intenta una estrategia. Se sigue lo que hay que hacer, de manera organizada.

Tal vez, yo no lo puedo procesar y del otro lado se espera que uno diga: “Tenés razón, lo mío es algo menor, disculpá, no vengan”.  Tengo una leve ilusión de que la gente que atiende a otra gente tenga algo de humanidad  y que pueda comprender que quien llama no lo hace para molestar, porque en serio, preferiría no tener que hacerlo. Por suerte, no dijeron “jodete por vivir en  calle de tierra”. Todavía no está todo perdido.

A raíz de todo esto, me puse a charlar con personas que me dicen que  antes pasaban la máquina por este barrio y duraba meses. Sinceramente, no recuerdo que pudiera ser así. Pero me gustaría saber cómo y con qué la arreglaban tan bien como para quedar en el imaginario de los vecinos con la nostalgia de un tiempo mejor.

Es increíble cómo cuando pasan estas cosas uno se pone a pensar en ciertos temas que en otros momentos evitaría. Creo que es porque generalmente queremos avanzar, proyectar, salir del lugar en el que estamos (sobre todo si la calle es un pantano) y crecer. Mientras hacemos eso, no pensamos en qué pasaría en caso de ocurrir una emergencia como la de ayer o si hay gente preparada para brindar asistencia. En algún rincón de nuestra mente damos por sentado que habrá alguien y eso nos permite seguir funcionando en el día a día sin preocuparnos.

Pero cuando el viento sopla fuerte,  lo que está mal sujetado, hecho así nomás o nunca fue controlado, se vuela.  Uno entiende, entonces, que debe pensar en esos asuntos también en los días agradables “porque como se hace una cosa, se hace todo lo demás”. Y uno entiende que no puede dejarlo para después porque después estará solo. Solo en medio del temporal.

Laura Guilotte
About the author/Acerca del autor/a

Laura Guilotte

EDITORA
En mi primer día en la facultad, escuché una advertencia: “no sueñen que van a conseguir trabajo como periodistas”. Tiempo después, mucho antes de terminar la carrera, fundé Revista Mírala en mi Miramar natal y este año, su versión digital. Nunca paré de trabajar. Me recibí de licenciada en Comunicación Social, ejercí como periodista y fui conductora de radio y TV en mi ciudad. La enseñanza más grande en estos años fue: Laura, tenés que hacer camino al andar. Y lo mismo vale para vos: hacé tu propio camino. Si te gusta leer, quedate cerca, porque escribir me encanta y contar historias es mi pasión.


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